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Después de muchos años de asentamiento en la tierra que Yahvé nos ha otorgado a su pueblo, después de muchas luchas, y sabiendo que el enemigo sigue estando cerca, he recordado de pronto esos papiros guardados con primor como un tesoro, esos escritos míos de juventud, de esos momentos emocionantes en los que empezaba, de la mano del escriba Joseph, a escribir, gracias a la generosidad de este hombre, que ha sido como mi padre, y los he sacado de aquel pobre recipiente de barro que tan buen papel ha hecho. Yo era muy joven, había nacido en el desierto y desde muy tierna edad aprendí a distinguir entre los israelitas salidos de Egipto y los israelitas nacidos en el Sinaí. Aquellos, gruñones y quejicas a todas horas, me daban pena, estos, los míos, los nómadas de nacimiento, éramos siempre hombres esperanzados, suspirábamos por la Tierra y todo lo hacíamos con un fin: seguir a Yahvé de cerca.

Aprendí desde muy joven a escribir y, un buen día, pasé de trazar palabras y frases sueltas para ser aprobado por el escriba, a rasguear un texto seguido, más o menos largo según me lo permitía el papiro o el tiempo disponible. La emoción ha sido muy grande al abrir la pequeña ánfora y encontrar aquellas pieles del desierto en condiciones de ser leídas. Me pongo a reescribirlas, antes de que se hagan totalmente ilegibles. Pienso que no faltaré a la verdad de los hechos si aprovecho la ocasión para hacer algún comentario. Los hechos, con la perspectiva del tiempo, adquieren matices interesantes.

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Día séptimo del mes primero del año 37 del Éxodo

Estas palabras que escribo surgen con la intención de permanecer; por si algún día llegan a mis hijos, a mis nietos o a mis biznietos, aunque ahora solo tengo 16 años, quisiera transmitirles las maravillas que vimos y oímos en el desierto, en este terrible y bellísimo desierto. Porque tengo la profunda convicción de que los momentos son cruciales, y creo que soy el único joven, en este numerosísimo campamento, que ha aprendido esta escritura que asimilaron nuestros escribas en Egipto. Las apasionantes historias que nos cuentan nuestros padres perdurarán por los siglos, pero un documento escrito cuando todavía vive con nosotros el gran profeta de Yahvé puede tener, con el tiempo, un valor especial.

Quizá alguien piense que en el desierto no hay relieve y en nuestra vida nada de interés, pero todo depende de los ojos que contemplan y de la fe que habite en nuestras vidas. Nosotros no somos del desierto, me dicen mis mayores, pero yo no conozco otra cosa.

(Me emociona pensar que hace tantos años, siendo muy joven, tuviera un pensamiento para mis hijos, nietos y biznietos, que ahora, de hecho, corren numerosos por esta tierra como regalo de Yahvé. Siento un agradecimiento inmenso hacia aquel amadísimo Joseph, ya entonces muy cargado de años, que, con gran paciencia, me transmitió su técnica de escriba, lo que ha hecho que, desde aquel tiempo, haya escrito tantos documentos a lo largo de mi vida. Aquel día séptimo del mes primero tuve, sí,  el presentimiento acertadísimo, de que mis conocimientos de escritura iban a serme muy útiles. Así se puede comprobar ahora, leyendo detenidamente los breves comentarios que pude ir escribiendo entonces).

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Día noveno del primer mes del año 37

No es fácil la tarea del escriba cuando escasean de tal manera los medios. Conseguimos algo de papiro de los madianitas que vuelven de Egipto. Nos traen noticias y artículos que nunca encontraremos en la estepa. El material necesario lo obtienen muchas veces los mismos interesados en las escrituras. Hay tres situaciones habituales en las que los acampados buscan a los escribas: cuando hay un difunto, cuando hay un nacimiento y cuando hay un negocio. A nadie se le ocurre dejar constancia de las historias de nuestros antepasados, que con tanta veneración corren de boca en boca. Como nunca lo sabrían leer, no les interesa tenerlo escrito. Pero cuando hay un nacimiento o un negocio, quieren documentos.

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Día 11

Me he pasado muchas horas observando este trabajo minucioso, lento, artístico, de la escritura. Dicen ellos, mis maestros, que es una de las pocas cosas buenas que nos enseñaron los egipcios, pero exageran. Ellos nos mostraron muchos aspectos de su sabiduría que no hubiéramos aprendido en ningún lugar. Yo, desde muy pequeño, me admiraba de aquellos signos minúsculos tan bien trazados, y preguntaba. Me gustaba saber el significado de cada apunte. Me parecía admirable la facilidad con que conseguían ir dibujando uno tras otro, pero lo que verdaderamente me apasionaba era descubrir que aquel conjunto de formas se podía leer, significaba algo.

Llevamos 30 días acampados. No ocurre nada, pero las fuentes de este lugar, ya conocidas de años anteriores, facilitan la vida de hombres, mujeres y niños, y también del ganado. Son días de cierta calma, propicios para acercarse al tabernáculo y postrarse ante Yahvé, sin perder de vista el horizonte, vigilando la llegada de la nube, la columna que nos guía.

(Pasados tantos años, uno podría pensar que aquel elemento pudiera ser casual, pero todavía hoy siento la emoción que nos embargaba cuando aparecía la nube en forma de columna. Durante muchos años el Profeta no tenía que decir nada de cuando era la partida, porque todos lo veíamos, y para todos era un momento especial, era como si Yahvé se hiciera más cercano, aun sabiendo que, cuando parábamos, estaba en el tabernáculo). 

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Día 20 del primer mes

El trabajo de escriba no es siempre igual y lo peor es cuando se empeñan en una estela, si se producen defunciones, para dejar constancia en el lugar del enterramiento. Eso supone gravar sobre piedra o sobre madera. Ahorramos tinta y también, por qué no decirlo, las tasas son más altas. Pero el esfuerzo es muy grande y lleva mucho tiempo. No es raro que nos sorprenda un desplazamiento cuando estamos a medias. Entonces el interesado suele olvidarse de la obra inconclusa y del pago. Los escritos más sencillos son los documentos comerciales. Parece mentira que haya tantos tratos solemnes entre personas que llevan su vida en el desierto y que no tienen nada. Pero precisamente por eso, la venta de una cabra, por ejemplo, puede aportar varios testigos. Y todos firman.

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Día 29 del primer mes

Paso mucho tiempo escribiendo. Ellos se fían de nosotros. Somos una autoridad porque damos fe. Cuentan con que el día de mañana otro copista dé crédito. Por eso, para ser escriba no basta saber leer los jeroglíficos, hay que tener buena fama. Lo que todos entienden por un hombre justo. En el campamento estamos totalmente expuestos. Todos sabemos la vida de los demás. Vemos sus miserias, sus enfados y su poca fe. Y los que son así no llegarán a ser escribas. También hay hombres justos que nunca se interesaron por la escritura. Y también los hay que se interesaron pero no tuvieron suerte. Hace falta constancia para mantener el oficio, en estas condiciones propias del hombre nómada.

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Día 10 del segundo mes del año 37

No somos nómadas. Vivimos casi igual, pero somos distintos. Bien lo saben ellos y, desde luego, no hay nadie de nuestro pueblo que se identifique con alguno de esos pastores con quien nos encontramos a veces. Pero la realidad es que seguimos sus costumbres y nos mantenemos, en el día a día, de la misma manera. Buscamos agua en los pozos y en los regatos, algún pasto para las cabras, un pequeño promontorio para refugiarnos del frio nocturno, y negociamos, como buenamente podemos, con los mercaderes de las caravanas. Pero nosotros tenemos un maravilloso tesoro, el maná. Divisar una caravana es adivinar la existencia de otros mundos, que la mayoría de nosotros desconocemos. Son seres distintos que atraviesan el desierto, lo más rápido que les permiten sus medios. Nosotros, en cambio, estamos.

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Día 13

Resulta difícil pensar que llevamos 37 años en el arenal. Intento pensar en cómo era la vida de los que quedan entre nosotros que salieron de Egipto. Algunos dicen que tenían casas de arcilla, muy frescas aún en los días más calurosos del año. Que tenían agua en cantidades inimaginables para los de mi generación. Alguna vez me han intentado explicar cómo es el Nilo, pero no soy capaz de hacerme una idea. Dicen que comían de unas ollas inmensas donde se cocía carne de las vacas y de caballos viejos. Que a veces bebían vino. Yo lo he probado en alguna ocasión, de algún amable caravanero que me ha alargado su garrafa repleta, y no me ha gustado demasiado.

Pero otros dicen que vivían maltratados por los habitantes de aquellos lugares, que les hacían trabajar como esclavos. Creo que tengo que preguntar más para entender qué significa esclavo.

(Cuando nos acercamos a nuestra tierra, con Josué a la cabeza y estábamos a punto de entrar, pudimos ver bien cerca desembocadura del Jordán en el Mar Salado; fue una experiencia sorprendente, ver tal cantidad de agua, con tanta fuerza. Josué nos decía que el Nilo es diez veces más caudaloso. Pero en el desierto nunca había visto un rio. El vino que llevaban a Egipto en aquellas caravanas no siempre era de Caná y no tenía la calidad del que ahora conocemos. Y esclavos ya he visto muchos; es terrible que podamos llegar a acostumbrarnos).

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Día 18

Los mercaderes se acercan a nosotros con interés. Los que no son habituales se maravillan de encontrarse a un pueblo numeroso y organizado en medio de las dunas. Pero adivinan que donde estamos hay pozos y que les podemos ofrecer algunos dátiles y requesón. No perdemos la ocasión de adquirir algunos de esos bienes necesarios para nuestra subsistencia que ellos llevan a Egipto o traen de vuelta. Les preguntamos por la tierra de Canaán, que casi siempre han atravesado si van de Este a Oeste. Allí, tan cerca, hay agua, hay cultivos, hay olivos y viñedos. Y la mayoría de nosotros no sabemos cómo es todo aquello y nuestras imaginaciones vuelan a parajes sorprendentes, donde el agua fluye ruidosa y agradable y donde las sombras están puestas, no hay que montarlas.

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Día 27 del segundo mes

El desierto es nuestro medio y a los que somos del desierto nos cuesta creer que haya algo más bello. Pero hay que advertir que entre nosotros existen tres tipos de personas. Los que salieron, los que suspiran por llegar y los que amamos el desierto. Los que vivieron aquellas maravillas que obró Yahvé por medio de su profeta Moisés, los que vieron abrirse el mar para hacer un pasillo al Pueblo de Israel, en realidad viven de los recuerdos. Y conocieron la vida con agua abundante, y en muchos momentos trágicos de la travesía del desierto hubieran preferido la esclavitud al deambular por esta tierra intermedia que les resulta inhumana. La mayoría han muerto. No les gustaba el desierto y en él han quedado para siempre. Los levitas más cercanos a Aarón y a Moisés nos dicen que no llegaremos a nuestra tierra hasta que hayan fallecido todos los adultos que salieron. Por eso ahora existe una expectación sin aspavientos, nos vemos cerca, pero no podemos demostrar nuestra alegría, porque los pocos que salieron que aún viven se verían como culpables de la espera.

(En realidad, todos suspirábamos por la tierra prometida porque, de un modo u otro, sabíamos que era el sentido de nuestra vida, y porque confiábamos en las palabras del Profeta, que nos hablaba de un país de riquezas y de paz. Viviendo ya en nuestra tierra he de decir que la paz la buscamos con ilusión, pero, por ahora, sabemos que tenemos enemigos).

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Día 12 del tercer mes del año 37

Existe un grupo importante entre los acampados, de todas las tribus, que viven solo pensando en la meta. El desierto para ellos es simplemente un castigo. Salieron de Egipto siendo niños o han nacido en el desierto, pero han vivido muy cerca de aquella generación de los desencantados. Desean la Tierra, porque odian el desierto. No ven el momento de la llegada, rezan para que llegue. Nosotros, los que nacimos en el desierto cuando el pueblo ya llevaba años, amamos el desierto, y tenemos esperanza en la Tierra Prometida. Pero se me ocurre que echaremos de menos el desierto cuando lleguemos. Se me podría decir que me siento nómada, pero no es así, soy israelita, con todas las de la Ley, quizá más que los demás, que solo añoran un terruño. Se podría decir que nosotros vivimos al día.

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Día 25 del tercer mes

La travesía ha sido dura. Después de una estancia larga en la anterior parada, con un lugar muy apropiado por el agua, levantar el campamento es arduo. Siempre hay que hacerlo con cierta celeridad. Cada cual tiene que ocuparse de recoger la suyo y ayudar a los necesitados. En mi tienda hay que tener en cuenta las ropas de mi hermana pequeña, poca cosa, pero esencial, y también al abuelo, que no tiene nada, pero hay que prepararle para salir. Le cuesta mucho y a veces tenemos que llevarle a hombros entre unos y otros. Toda esa operación de arrancar supone siempre un cierto agobio, porque lo que viene después puede ser duro, y hay que prepararse. Lo más arduo es tener que descansar de cualquier manera cuando toca andar por la noche o cuando en la oscuridad no se puede acampar y hay que dormir en cualquier sitio, defendiéndose del intenso frio. Y esto nunca se puede prever.

Hemos parado en un lugar ya conocido por algunos de los más mayores. Incluso hemos descubierto una estela con la inscripción de un difunto. La familia correspondiente ha llorado con el recuerdo. Al parecer era un niño que nació al poco de salir de Egipto. El lugar es recogido y con venas de agua no muy caudalosas, pero abundantes. Montar el campamento es un trabajo duro, por el cansancio acumulado, pero con la alegría del descanso previsible.

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Día 14 del cuarto mes del año 37 de la salida

Cada vez es más frecuente que el Profeta se siente en lugar recogido, si es que se puede hablar así en el desierto, y se ponga, casi sin previo aviso -aunque algunos vemos venir esos momentos deliciosos- a hablarnos de lo ocurrido. Habitualmente empieza por el pasado, pero siempre acaba con lo que tiene que venir. Es indudable que su discurso profético se apoya en los grandes acontecimientos de la salida. Hoy ha vuelto a contar, despacio, como si fuera la primera vez, como si lo estuviera reviviendo –incluso se emociona visiblemente- el paso del mar; toda esa travesía que se hacía eterna porque la tensión era angustiosa. Siempre había quien dudaba de si aquello era un fenómeno meteorológico y, por lo tanto, podían ocurrir dos cosas indeseadas: que el mar se cerrara sobre ellos, y hubiera sido el fin; o que durara lo suficiente como para que pasaran los egipcios, con sus carros y caballos, y hubiera sido igual el desenlace. Pero, como era obra de Yahvé, duró lo justo, y cuando estuvieron en la orilla y, algo más tarde, vieron los cadáveres de los soldados, la emoción que sintieron casi les ahogaba, les dejaba sin respiración. Mudos, asustados, paralizados, tardaron en reaccionar y, entonces, aquello se convirtió en un griterío ensordecedor de miles de personas agotadas e inmensamente felices.

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Día 25 del cuarto mes

El desierto es traicionero. Puede llegar a ser muy duro, tremendamente caluroso y extremadamente frio. Pero nos mantiene sin labrarlo. Los que huyeron de los egipcios solo ven soledad, aunque estén rodeados de miles de personas que les aman. Ellos no ven nada. Miran y no ven. Nosotros podemos estar horas mirando al desierto, extasiados. Basta subir a cualquier risco para admirarse de esa superficie tersa, morena, que cambia de color con el cielo. Nunca nos cansamos de mirar esas dunas, como montañas hechas por los niños, suaves, contorneadas, todas distintas, que producen desasosiego o dulzura dependiendo del momento y de las personas. Esa inmensidad de arena burbujeante hasta donde se pierde el horizonte. El cielo es de una belleza que llena el corazón de emociones. Cuando el viento nos trae alguna humedad marina, el cielo se adorna de unas nubes con una riqueza de colores que es imposible que puedan conocerla en Egipto, ni en Canaán, ni en Asiria. Otras veces solo vemos la dura estepa con algún arbusto maltratado por el viento, pero que suele ser señal de que pronto encontraremos agua.

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Día 12 del quinto mes del año 37

Mi padre era de los que salieron. Toda su vida, amargado. Se reveló contra Moisés cuando este estaba en el Horeb. Todos estos años se ha arrastrado por el desierto pensando que Yahvé no puede entendernos. Sabía que no podía darse la vuelta. No le hubieran recibido. La experiencia de la mano poderosa de Dios en el Mar Rojo le hacía mantener una pequeña confianza, pero no entendía. Especialmente después de que los exploradores trajeran noticias de las dificultades insalvables para conquistar nuestra tierra. Nadie nos la iba a dar gratis. No éramos nadie para meternos en tierra ajena. Con esta angustia ha vivido casi cuarenta años, sabiendo que ahora nos tocaba, por fin, entrar. Él, como otros muchos de los que vivieron en Egipto, era consciente de estar pagando su desconfianza.

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Día 23 del quinto mes

A mi padre yo no le podía decir que me gustaba el desierto. Para él era una maldición. Tampoco podía decirle que no amaba a Raquel, porque él la había elegido para mí, solo por ser de nuestra tribu, hija de un primo suyo a quien admiraba. He conseguido salir con la mía, dando largas. No voy a decir que me alegra que se haya muerto, pero ahora nadie me obligará a casarme con ella. Bien sé yo que no hay ningún documento comprometedor. Y Sara me espera. Ella me ama y yo la amo. El empeño de muchos de los acampados de mantener la descendencia de la tribu no es determinante. De hecho no pasa de ser una costumbre. Las leyes de Moisés no entran en eso. Y yo me casaré con ella, y será en el desierto, aunque todavía seamos muy jóvenes.

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Día 7 del mes sexto

Interiormente, no se lo cuento a nadie, llamo a los primeros “fugitivos”, toda su existencia ha sido la amargura de la salida. A los segundo les denomino como “propietarios”, porque su sueño es simplemente poseer. A los que son como yo los considero “esperanzados”. Es buena cosa vivir de esperanza. Todos los días muere alguien en el campamento, o casi. Somos muchos. Los pastores madianitas que nos conocen desde que llegamos aquí al principio, se sorprenden de que, no solo no hemos perecido, si no que nos hemos multiplicado. Pero todos los días muere alguien. Cuando se oyen grande alaridos es porque el fallecido era un “propietario”. No llegar es un auténtico fracaso. Los “fugitivos” están destinados a morir y, simplemente, se les entierra. Ha terminado su suplicio. Cuando fallece alguien de los nuestros, hay conformidad. En el desierto tenemos muy presente el seno de Abraham. Y esa es nuestra esperanza.

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Día 16 del mes sexto

No les gusta a los nómadas nuestra presencia. Menos aún que sigamos creciendo. Donde nosotros estamos ellos no pueden hacer nada. Donde hemos estado, pasa tiempo hasta que vuelve a haber pasto. Al principio quisieron oponerse, se unieron a los amalecitas, que temían por sus tierras. Los madianitas no dicen nada por la amistad con Jetró, el suegro de Moisés. De alguna manera nos consideran de la familia, aunque en el fondo les molestamos, pues el desierto ha sido siempre una posibilidad para sus ganados. Prefieren vernos lejos. Ahora están más inquietos los filisteos, pues aunque estén en la franja del mar recién llegados, nos les hace ninguna gracia pensar en que algún día decidamos entrar en esa tierra. Ellos sí que son conscientes de que no somos un pueblo para vivir en el desierto para siempre.

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Día 29 del mes sexto

Ayer estuve con el profeta. Es la vez que le he visto más de cerca. Hace ya tiempo que no reúne al pueblo pero sí quiere hablar a los levitas y a los escribas, para recordarnos las ideas principales de sus enseñanzas. Entonces repite de nuevo la preocupación por adorar solo a Yahvé. Es como una fijación, pero así ha conseguido que lo tengamos muy gravado. Su aspecto es sorprendente para los años que tiene. Enjuto, pero con rostro amable. Duro en sus expresiones pero cariñoso con cada uno. Sabe que no vivirá mucho tiempo, pero es de los míos, vive de la fe y la esperanza en Él y no duda. Sabe que verá la Tierra Prometida, aunque no entre. A su lado siempre Josué, fidelísimo lugarteniente y amadísimo hijo, sin serlo. Cuando le vemos de cerca nos atrae de inmediato, porque no hay nada que agradezcamos más que ver a Moisés, en su senectud, tan bien cuidado.

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Día 8 del mes séptimo del año 37

Le duele mucho al Profeta saber que existen todavía los pequeños ídolos sacados de Egipto. Aun cuando los que todavía tienen alguno se excusan en un motivo comercial, no deja de ser sangrante que lo más característico del paganismo de los gentiles siga mezclado con nuestros magníficos sacrificios en el Santuario. Las maldiciones vertidas en las últimas reuniones del pueblo no han sido suficientes para terminar con esa avaricia que pervierte a las personas. Además sabemos que todavía algunos acuden a esos diosecillos, que no son más que un trozo de oro o de plata, cuando tienen ciertas necesidades. No hace mucho fue expulsada toda una familia del campamento por descubrirse un culto a los ídolos. Y a nosotros nos piden a veces que incluyamos sus nombres en los documentos, como amuletos. Evidentemente nos negamos.

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Día 13 del 7º mes

Siguiendo con lo que escribía hace unos días de los ídolos, en varias ocasiones he oído contar lo que ocurrió en el Horeb, cuando tardó en volver el Profeta, estuvo 40 días en lo alto del monte, y el pueblo le pidió a Aarón que hiciera un dios para adorarle. Cómo juntaron oro, de las joyas, pero también de idolillos que llevaban consigo, para hace un becerro, como los que habían visto en Egipto, y organizaron una auténtica orgía de adoración. Moisés creyó morir cuando llegó y descubrió aquella fantochada, semejante injuria. Él que venía de estar con el Altísimo, con Yahvé, hablando con Él cara a cara, el Todopoderoso que ha hecho todas las cosas, se encuentra que su pueblo adora a una representación de un animal, a un ídolo hecho con las manos de los hombres, y que allí estaba involucrado hasta el propio Aarón.

Creo que esto no podría ocurrir ahora, ni de lejos, pues hay suficientes personas sensatas que hablarían, con argumentos, a quienes tuvieran semejantes ocurrencia. Saldrían apedreados del campamento. Él, en aquella ocasión, se enojó de tal manera que estrelló y destrozó las tablas que el Señor le había entregado. Pero a continuación trituró aquel ídolo nefasto y lo mezcló con agua para que lo bebieran. Hubo para todos, porque quería que todos fueran muy conscientes de en qué se convertía aquel dios.